Desde que nos casamos, mi marido siempre me decía que debía estudiar una carrera. Yo me lo tomaba a broma, la familia aumentaba casi cada año y desde luego no me sobraba tiempo; además, me sentía completamente realizada criando y educando a mis hijos, cuidando mi casa y compartiendo mi vida con el hombre del que todavía estoy enamorada.Los hijos fueron creciendo y él, de vez en cuando, me seguía diciendo que debía estudiar una carrera. Era como una broma entre nosotros, o eso creía yo, porque él me lo decía completamente en serio.
Como era muy sabio, creo que desde el principio quiso prepararme, para cuando llegara el momento en que nuestros hijos pudieran volar solos, no padeciera el síndrome del nido vacío, no sintiera que mi misión en la vida había terminado, que ya no era útil; porque conociéndome perfectamente, sabía que yo iba a necesitar tener que realizar otra "misión" en la vida.
Así que llegó un momento, coincidiendo con la entrada de mis hijos mayores en la Universidad, que la semilla que habia ido sembrando germinó; poco a poco, me di cuenta que estaba lista para afrontar ese reto, que además me apetecía, y como si fuera lo más normal del mundo, empezamos a pensar, los dos juntos, que carrera sería la más apropiada para mi. Por unanimidad, decidimos que Derecho era la que más se ajustaba a mis aptitudes y gustos; como soy una lectora compulsiva había cogido unos apuntes de mi hijo de Derecho Romano y, tras leerlos, estuve segura que era eso, lo que quería estudiar.
Era un gran conversador; además de nuestro tema principal que siempre han sido nuestros hijos , él siempre me contaba todo lo relacionado con su trabajo; tanto los contratiempos, como las satisfacciones o las anécdotas que le pudieran ocurrir. Así mismo, y a la recíproca, le gustaba que yo le contara todo lo relacionado con mis estudios, los trabajos, las notas, cualquier comentario interesante o gracioso de un profesor, en fin todo. Me daba su opiniones, sus consejos, discutíamos los diferentes puntos de vista; en una palabra, compartimos todo lo referente a mis estudios, de la misma forma que compartíamos la vida. Sin él no se me hubiera ocurrido empezar, pero desde luego, nunca hubiera podido terminar .
Cuando llegó el momento, me proporcionó los medios y la confianza necesaria para que pudiera ejercer y, llegado ese día, me venía a buscar todos los días cuando yo salía del despacho, con la ilusión de un novio tras veinte años de matrimonio, la misma con que yo le recibía, para que le contara todo lo que había surgido ese día. Como era muy bromista siempre me decía, "yo lo que quiero es que metas a un juez en la cárcel" .
Como persona era intachable. Como padre y esposo, inconmensurable. Como amigo, todo el que lo conocía quería su amistad; conversar con él era una delicia. Era culto, bien informado y con gran sentido del humor. Triunfó en la profesión que eligió y hubiera triunfado en cualquier otra que se hubiera propuesto. Tenía en su forma de ser, en su actitud, en su discurso, esa chispa, esa luz, que sólo distingue a unos pocos.
Yo he tenido la dicha y el privilegio de ser su mujer, me ha dejado cuatro hijos que son digno reflejo de su padre; tengo cuatro nietos en los que ya adivino la nobleza y la chispa de su abuelo; me ha dejado una profesión que me apasiona y que está tan plagada de sus recuerdos, que no me siento sola ni triste, él sigue estando conmigo, pero le echo en falta.
El quería que estudiara, y yo....no sabía decirle que no.