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martes, 15 de enero de 2019

CARTA PARA MI QUICO

Mi Quico, es mi hermano pequeño, que naturalmente de pequeño ya  no tiene nada, pero para mi, siempre será mi hermano pequeño, mi primer juguete, mi primer amor.
Lo recuerdo vagamente en su cuna, una cuna que yo había ocupado hasta que el nació, unos veintidós meses más tarde que yo. Creo que al principio lo miraría como lo que hoy llamamos un "ocupa", no me lo podía creer, estaba en mi cuna, aquel muñequito  que berreaba sin descanso y que yo no alcanzaba a tocar en el fondo de aquella inmensa cuna.

Mas adelante, me contó mamá, que aquella cuna era para "pequeñajos" y que yo sería la encargada de cuidarlo cuando ella no pudiera. Esas palabras cambiaron mi visión de aquel muñeco, gracias al cual, yo ya me podía considerar "mayor", me daba poder,  ya que iba a depender de mí (o, eso pensaba yo).
Creció pronto, pero muy delgadito, así que yo me veía capaz de  cogerlo por debajo de los brazos para levantarlo,-presumiendo una fuerza que no tenía-, lo que m
e hacía caer sentada y con mi Quico encima, lo cual le provocaba unas carcajadas tremendas y yo animada por sus risas, intentaba asirlo y levantarlo  una y otra vez,  con idénticos resultados con mi parte y carcajadas por la suya.
Al ser Quico y yo de una edad tan parecida, y tener nuestros hermanos mayores varios  años más que nosotros,   no eran compañeros idóneos de sus juegos, por lo que tenía que conformarse con jugar con su única hermana que soy yo. Como yo estaba en el mismo caso, el vínculo que se creó entre nosotros es indestructible.
En aquella época, los niños ya con ocho o nueve años, podíamos bajar a jugar a la calle, puedo recordar cómo nos subíamos a las ventanas del convento de santa Catalina que había enfrente de casa; al parecer la calle iba en sentido ascendente hacia la Plaza de los Sitios y cada ventana tenía más altura que la anterior. Debía haber por lo menor ocho ventanas, y nuestro desafío era a ver quien se atrevía a llegar al final, a la más alta y saltar desde arriba.
En las vacaciones estivales, bajabámos a jugar a la plaza de los Sitios, los primeros años, acompañados por la chica de servicio que teníamos en casa, todavía la recuerdo, se llamaba Mercedes y, tenía un peinado muy raro, se hacía como un rodete alrededor de la cabeza;  llevábamos un cubo y una pala, cogíamos agua de la fuente y, a hacer flanes como si estuviéramos en la playa, aprovechando que Mercedes estaba en entretenida conversación con los soldados que siempre se le acercaban. Después de la consabida regañina, al volver a casa, procurábamos robar, sin que Mercedes de diera cuenta, algún pensamiento de los que había en los jardines de la plaza. Nunca perdíamos ocasión de llevar  una flor a mamá.
También recuerdo aquellas largas tardes de invierno, que una vez acabados los deberes del Colegio,  en ocasiones, bajábamos los dos a hablar con la castañera que tenía su puesto al lado de nuestra casa, tenía una hija mas o menos de nuestra edad  que se llamaba (y, espero se siga llamando) Encarnita, nos contaba historias muy tristes de su vida, y nosotros la escuchábamos como a quien le cuentan un cuento. No recuerdo ninguna, sin embargo se me ha quedado grabado y, supongo que a Quico también, que la mamá de Encarnita no tenía pestañas porque las había perdido de tanto llorar.
A nuestra mamá, le encantaban las violetas y, era devota de la Virgen del Perpetuo de Socorro, Quico y yo, no perdíamos oportunidad de conseguirle alguna imagen de esta advocación de la Virgen, cuantas veces nos deteníamos en el escaparate de una tienda  que venían imágenes de santos esperando ver alguna imagen de la virgen que le pudiéramos comprar. En una ocasión, logramos reunir 15 pesetas que costaba un pequeño  tríptico policromado de la Virgen y se lo compramos, todavía lo veo en mi memoria como si lo tuviera delante. En su cumpleaños, el 10  de diciembre, siempre reuníamos dinero entre los dos para comprarle un ramito de violetas, como el que muchos años después se  hizo famoso con  la bonita canción de Cecilia.
Con nuestro primo Carlitos, creo que tuvo su primer amigo, tocaban la guitarra, cantaban, charlaban, reían y, aunque Carlos, siendo todavía un adolescente se fue a vivir a Madrid, mantienen contacto constantemente y el cariño intacto.
Cuantas cosas están en mi memoria de áquella época vividas en el día a día con mi hermano Quico, perdimos a nuestro padre muy pronto, y teníamos  nuestra madre y hermanos mayores,  que cuando nosotros todavía íbamos al Colegio, ellos ya estaban en la Universidad, además del resto de la familia extensa, que veíamos a menudo porque vivíamos todos muy cerca;  pero nuestros días, nuestros juegos, nuestros proyectos infantiles, nuestras bromas,  nuestra imaginación, era algo exclusivamente  de nosotros dos.
Luego ya cuando empezaron a venir sus amigos del Colegio a casa, aunque en algún momento me sentí celosa de ellos, ya que yo era muy introvertida y carecía de sus relaciones sociales, pensé: si no puedes con el enemigo, únete a él. Con ese pensamiento y, porque supo elegir bien a sus amigos, sus amigos fueron mis amigos, conocí a alguna de sus novias y, finalmente considero mi hermana a Rosa,  quien sigue siendo su mujer.
También Quico, congenió muy bien con mi novio y después marido. Cuantas veces los ví compartir bromar, risas y confidencias.
Miguel admiraba y quería en mi Quico, no sólo su sentido del humor que lo tenía y sigue teniendo, también su capacidad de trabajo, su filosofía de vida, y el sentido de la familia en el que le apoya incondicionalmente Rosa su mujer, quien además nos ha dado a mi única sobrina Rosa Isabel, cóctel afortunado de las mejores  cualidades de sus padres. Aunque con el permiso de Rosa, cuando la miro,  veo en ella los bellos rasgos de mi madre.
 En su época de adolescente, nos prohibió que le llamáramos Quico, su nombre es Andrés como nuestro padre, y así nos acostumbramos a llamarle, aunque  recientemente he sabido que ahora siente haber perdido su diminutivo. Sin embargo Quico, para mí y para toda la familia, sigue siendo Quico: "un chico" cuyo espíritu  no ha envejecido por el paso de los años, sigue siendo un joven entrañable, ameno, con una personalidad muy atractiva, con su capacidad de aprender intacta y con una bonhomía increíble; me encanta hablar con mi hermano, reírme de sus ocurrencias, todavía conservo una carta, para mi preciosa,  que me escribió cuando fué a la mili.
 Quico, hace  realidad el dicho de " a veces una palabra puede ser un regalo", para mi, cada palabra suya lo es, saber que está ahí es mucho mas que un regalo, es un tesoro.
Los dibujos que ilustran esta entrada, se los hizo, entre otros muchos,  nuestro hermano José Luis, el primero siendo muy niño y el otro  ya de adolescente, pero reflejan muy bien a Quico en aquella época.

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